La problemática del
narcotráfico en la Argentina
Por Marcelo Fabián Sain (*)
La situación del narcotráfico en la Argentina se enmarca en un contexto
internacional que debe ser tenido en cuenta. No estaríamos indicando
nada novedoso si dijéramos que el narcotráfico constituye una de las
problemática criminales más complejas e intrincadas en el mundo moderno.
Durante las últimas décadas, el crecimiento y la diversificación de la
producción, el tráfico, la comercialización y el consumo de drogas
ilegales han sido significativos, y ello ha dado cuenta de las
limitaciones y deficiencias de las estrategias de control inauguradas en
los años ’70 y profundizadas en los ’80 y ’90.
El discurso belicista tan en boga en el ámbito internacional en cuyo
marco el control del narcotráfico es abordado como una “guerra contra
las drogas” encubre el fracaso de las políticas prohibicionistas.
Los acuerdos internacionales para el control de drogas están basados en
esta impronta claramente malograda. Durante las últimas décadas, bajo
esta égida guerrera se ha incrementado sensiblemente la población de
consumidores de todo tipo de drogas prohibidas; se ha multiplicado la
producción mundial de drogas ilegales así como la calidad de las
diversas sustancias; se han estructurado una infinidad de mercados
altamente estratificados por tipo y calidad de producto, por precio y
por capacidad adquisitiva; se han diversificado las modalidades y los
canales de tráfico y tránsito internacional de drogas prohibidas; se han
extendido y dinamizado los grupos organizados delictivos abocados al
negocio del narcotráfico; se han incrementado los márgenes de
rentabilidad y de beneficios brutos y netos de estos grupos; se han
extendido sin miramientos los circuitos de lavado de dinero y de uso de
los fondos provenientes del narcotráfico en actividades legales e
ilegales; se ha extendido la corrupción política, judicial y/o policial
vinculada al negocio del narcotráfico; se han profundizado los
anacronismos y las deficiencias de las instituciones policiales ante la
complejidad y el dinamismo del accionar de los grupos narcotraficantes.
En definitiva, la guerra y la criminalización ilimitada han generado un
negocio fabuloso y le dan sustento a una de las empresas criminales más
desarrollada del mundo moderno.
Todo esto, además, ocurre en un contexto en el que el discurso belicista
ha postulado como objetivo estratégico la derrota total del narcotráfico
traducido en la desarticulación de mercados, consumidores, grupos
delictivos y la desaparición de las sustancias. A eso, pues, le llamo
fracaso.
Esta evidencia reclama una nueva mirada tanto global como específica que
debe tener visos de innovación. Pero ello debe partir de una
consideración fundamental: el crecimiento y la complejización del
narcotráfico a nivel global ha estado básicamente determinado por la
fabulosa demanda de drogas ilegales que se sostiene y amplía
continuamente en los países centrales de mayor desarrollo económico, en
particular, aquellos países del mundo occidental en cuya sociedades se
han estructurados mercados de consumo minorista cada vez más extensos y
diferenciados.
Sería una falacia insostenible afirmar que la oferta determina la
demanda porque ello conduciría a “fetichizar” a la sustancia, a darle
vida y a creer que ella, por sí mismo, crea las condiciones políticas,
sociales, culturales y económicas para su consumo.
De la única manera que los países periféricos en los que se producen y
por los que se trafican algunas de las drogas ilegales ampliamente
consumidas en los países centrales tengan un concernimiento responsable
en el esfuerzo internacional tendiente a conjurar el narcotráfico es que
se reconozca que en el plano internacional existen responsabilidades
compartidas.
Los países del Cono Sur constituyen corredores de tránsito internacional
de drogas ilegales. Así fue señalado por los principales organismos
multilaterales especializados en la materia y por los gobierno de la
región.
No obstante, en los últimos tiempos, en estos países se han desarrollado
nuevas tendencias dadas por el crecimiento del consumo y la articulación
de mercados minoristas inexistentes hasta entonces; el aumento del
contrabando de precursores químicos -en particular, en aquellos países
como la Argentina que cuentan con una industria farmacéutica y química
desarrollada-; y la conformación de ciertos circuitos y plazas
auspiciosas para el lavado de dinero sucio.
Ello, en alguna medida, ha estado apuntalado por el crecimiento relativo
de la mayoría de nuestras economías pero también por algunas
deficiencias institucionales que deben ser abordadas sin tapujos. El 11
de junio del año pasado, el Doctor Aníbal Fernández, actual Ministro de
Justicia, Seguridad y Derechos Humanos sostuvo apropiadamente que “en la
Argentina, las políticas estatales [contra el narcotráfico] han sido de
corte netamente represivo, han estado desprovistas de coordinación
interjurisdiccional y han sido erráticas, encaminando sus esfuerzos en
perseguir al consumidor”, todo lo cual ha desembocado, según sus propias
palabras, en “un total y rotundo fracaso, toda vez que los
procedimientos son cada vez mayores pero las cárceles están llenas de
adictos o pequeños comerciantes”.
Ello ha sido así. En efecto, en la Argentina, la ausencia de políticas
integrales en materia de control del narcotráfico ha respondido a
ciertas deficiencias significativas cuya superación requiere de un
conjunto de acciones institucionales básicas.
En primer lugar, resulta indispensable el desarrollo de un cuadro de
situación actualizado e integral del narcotráfico en el país, en todo lo
atinente al tráfico, tránsito, comercialización y consumo de drogas
ilegales así como a la producción y comercialización de precursores
químicos y al lavado de dinero.
Dicho diagnóstico situacional debería desarrollarse en dos niveles en
función de dos objetivos fundamentales.
En el plano estratégico, a los efectos de dar cuenta de las
problemáticas fenomenológicas del narcotráfico en función de la
formulación de las políticas estatales de control de drogas ilegales.
Y en el plano táctico, a los efectos de dar cuenta de las actividades y
acciones concretas del narcotráfico así como de los grupos y redes
narcotraficantes en función de una respuesta policial.
La experiencia regional nos indica que aquellos países que no tiene la
capacidad de construir un diagnóstico situacional apropiado acerca de la
situación del narcotráfico quedan a expensas de que dicho cuadro de
situación sea realizado e impuesto por las agencias policiales y de
investigación de los países dominantes de la región, siempre de acuerdo
con sus perspectivas y con sus intereses, los que no siempre son
convergentes con los nuestros.
Pero para ello se debe abandonar la tendencia política a negar u ocultar
la problemática del narcotráfico bajo la perspectiva de que el
reconocimiento público de su existencia y de su crecimiento coloca a los
gobernantes en el banquillo de los responsables directos de dicha
situación.
En consecuencia, las problemáticas del narcotráfico deben ser
incorporadas en la agenda gubernamental de seguridad pública como un
asunto prioritario pero siempre a partir de un cuadro de situación
autónomamente definido conforme las perspectivas e intereses nacionales.
En segundo término, parece necesaria la creación de una dependencia
superior del gobierno que concentre las responsabilidades de formulación
de las políticas y estrategias de control de drogas ilegales y las de
conducción del sistema institucional encargado de su implementación,
especialmente, en materia de seguridad pública e intervención policial.
Ello, a su vez, debería ir acompañado necesariamente de la actualización
y modernización de las bases legales y normativas del sector así como de
la conformación de un servicio civil especializado en el control del
narcotráfico.
Como cualquier otro aspecto de la seguridad pública, las estrategias de
control del narcotráfico no constituyen un asunto exclusiva ni
predominantemente policial sino que configuran una cuestión política que
debe ser definida, abordada y formulada por las autoridades
gubernamentales.
Sin embargo, la reversión de la tradicional tendencia política a delegar
la elaboración y ejecución de las acciones de control del narcotráfico
en las agencias policiales hace imprescindible la ampliación de la
capacidad de gestión gubernamental en el sector.
Es en función de ello que adquiere relevancia la creación de una
dependencia de gobierno especializada que sirva de instancia de
conducción del sistema institucional y policial abocado a este conjunto
de labores institucionales en nuestro país.
Finalmente, es indispensable emprender un profundo proceso de
modernización policial tendiente a superar dos defectos que cercenan un
accionar policial eficiente en la materia.
Por un lado, el pronunciado anacronismo y desactualización orgánica,
funcional y doctrinal de las instituciones policiales frente al aumento
y la complejización del narcotráfico.
Y, por el otro lado, la existencia de bolsones de corrupción policial
volcados a la regulación y protección de actividades delictivas de
altísima rentabilidad económica, entre ellas, del narcotráfico.
Nuestro país no cuenta con un dispositivo policial unificado y
especializado en el control del narcotráfico, lo que, entre otras cosas,
ha dado lugar –al menos en el ámbito federal- a una pronunciada
fragmentación institucional cuya expresión más elocuente ha estado dada
por la autonomía con que cada institución policial ha formulado e
implementado sus propias estrategias y acciones de lucha contra esta
problemática criminal.
Habría que evaluar seriamente y sin mezquindades organizacionales si no
llegó la hora de conformar una Agencia Federal de Seguridad Compleja
abocada a conjurar determinadas modalidades de la criminalidad
organizada, entre ellas, el narcotráfico. Dicha agencia conformaría un
sistema integrado de conducción superior, de inteligencia criminal, de
despliegue y labor operacional y de desarrollo táctico integrado del
sistema policial dedicado al seguimiento de este conjunto de
problemáticas.
Asimismo, no debería perderse de vista que la modernización
institucional propuesta requiere de inversión pública destinada a
afrontar los gastos que demanden la infraestructura policial adecuada,
la formación y capacitación especializada del personal policial y el
mejoramiento salarial del mismo.
No se puede hacer frente eficientemente a la
criminalidad de alta rentabilidad económica con instituciones policiales
pobres, dotadas de presupuestos insuficientes que favorezcan el
financiamiento ilegal de las mismas mediante la estructuración de
mecanismos de recaudación ilegal de fondos.
Ello abre la puerta para que las poderosas organizaciones criminales que
están detrás de los negocios de referencia consigan controlar por medio
de su fabulosa capacidad corruptiva a sectores o grupos policiales
abocados a su control y desarticulación.
En fin, se trata de ir adecuando el andamiaje institucional tanto
político como policial a los nuevos desafíos que se imponen en un tema
tan sensible. Ello reclama abandonar la tradicional indiferencia
política ante el tema y apropiarse de una problemática que ha sido
históricamente gestionada por las instituciones policiales sin los
resultados auspiciosos que todos esperamos.
Tengo la esperanza que este encuentro constituya un ámbito favorable a
un abordaje crítico e inteligente de algunas de las cuestiones
mencionadas. Muchas gracias.
Transcripción de la presentación de Marcelo
Fabián Sain, en ese momento Jefe de la Policía de Seguridad Aeroportuaria de Argentina,
en el Seminario sobre el Tráfico Ilícito de Drogas en Aeropuertos,
realizado en Buenos Aires.
Este artículo fue publicado en
http://www.forodeseguridad.com/artic/discipl/4161.htm